lunes, 18 de junio de 2012

Pasados por agua

Hartos del tedio de la rutina semanal, mis amigos y yo decidimos huir de la monotonía de la ciudad con una breve escapada a la playa, ya desde por la mañana soñábamos con la brisa marina y las toallas sobre la arena.
Teníamos clarísimo que las tres horas de viaje hasta la playita de Suances merecían la pena. De viaje por Castilla, estábamos aún más convencidos de que nos esperaba un magnífico día de playa, el sol calentaba y el aire no parecía estar por la labor de moverse.
Según nos íbamos acercando al norte, iban apareciendo algunas nubecitas y bancos de niebla, a los que con gran optimismo, no prestamos atención, convencidos de que serían nubecitas aisladas que se dispersarían a medida que nos acercásemos a la playa.
Por fin tras tres horas de debate político-económico (y, estoy segura de que, un poco ilegal) arribamos a nuestro destino desde el sur. Como nos habían advertido las nubes previas, en Suances diluviaba, rápidamente comprobamos el tiempo con estas tecnologías modernas de hoy día (ya que si no fueran de hoy día, no serían modernas) para asegurarnos de que no fuera más que un chubasco débil, pasajero y especialmente aislado. Nuestro gozo en un pozo al ver en la pantalla del Smartphone una lista con las horas del día junto  dibujos de nubes con gotitas.
¿Y ahora qué hacemos? Vestidos con chanclas y look de playa, con ropa fresquita y sin paraguas la opción era clara: Tomar unas rabas y unas cañas en el bar cercano al faro. “¡Al menos que no se diga que hemos venido para nada!” debimos pensar al unísono.
Con el estómago lleno y la piel congelada decidimos que la mejor opción era cambiar de playa y dado que en Cantabria llovía, qué mejor que poner rumbo a la montaña palentina.
A medida que nos alejábamos de la playa, el termómetro del coche iba subiendo y las nubes desapareciendo y quedándose a nuestras espaldas. Hora y media más tarde, con las tripas rugiendo y al grito de “Que ya escampa, que ya escampa” llegamos al pantano de Aguilar de Campóo. Nada más llegar algo bueno: hacía sol.
Instalamos nuestras posaderas en la mesa más alta del merendero, estaba claro que no íbamos a ser menos. Pero el viento pudo más que el orgullo y acabamos trasladándonos a la mesa más escondida, el hogar de las soberbias moscavispas. (Si sabéis lo que es un abejaonejo podéis imaginar a qué me refiero.)
Ignorando el azote del viento decidimos plantar nuestras toallas junto a la orilla del pantano, en una zona rocosa y no muy transitada, e incluso estábamos decididos a bañarnos, decisión que cambiamos inmediatamente después de meter el dedo gordo del pie en la gélida agua.
Tres horas después decidimos que habíamos tenido suficiente y que ya estábamos lo bastante morenos, o al menos lo bastante llenos de arena como para recogernos, total ya no hacía aire, había salido el sol y habíamos descubierto la zona de playa en la que había gente en el agua, y nosotros habíamos venido a tomar el viento.
Lié a mis amigos para ir a ver a otros amigos que viven cerca de Aguilar, por aquello de aprovechar el viaje. Y tras una cálida recepción y un cóctel de bienvenida con ruta turística por la mansión de madera (un lugar encantador con un olor único y una especie de magia que casi te atrapa, aunque lo mejor son los habitantes, tanto humanos como animalillos peludos) decidimos poner rumbo a casa, total teníamos el tiempo justo para una ducha, una cena rápida y a la calle que es sábado y toca marcha.
Después de un atropello sin fuga y una breve pateada (digo pateada porque aunque fue un trayecto corto, yo estaba ya demasiado cansada) llegamos al cumpleaños al que habíamos sido invitados, una fiesta multitudinaria con una música un tanto… extraña. Muchos brincos, caras de vergüenza ajena, risas y guasas y muchas anécdotas y batallitas después por fin decidimos arrastrarnos hasta una terraza tranquila para acabar la noche con un buen cubata.
Definiría el sábado como un día chulesco muy completo, estoy segura de que no todo el mundo se va a Suances a comer rabas y a tomar el sol a la montaña, pasando por dos cumpleaños, sin olvidar la terraza.
Gracias amigos.


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