No sabía dónde ir, y entonces mi cerebro me dio la solución. Tenía que huir, dejarlo todo atrás, y sin pensármelo dos veces subí a mi corcel negro, rápido como el viento; hundí los talones en él y lo hice volar.
Las imágenes pasaban a mi alrededor a gran velocidad y lo sentí cálido y seguro bajo mi ser. La aguja del cuentakilómetros enloqueció y entonces supe que lo había logrado.
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