Se levantó, podía ser un día cualquiera, podía ser hoy.
Hacía mucho frío entorno a ella. La soledad le pesaba, se sentía triste, vacía. No lograba comprender cómo había llegado hasta el punto en el que estaba.
Con pesadez comenzó su rutina, abrió el grifo de la ducha y el eco del agua cayendo se convirtió en sus propias lágrimas y mirando en el espejo su propia cara dejó que su mente pensara.
Había intentado dejar que todo fluyera, que llegara a donde tenía que llegar, y era lo que había pasado. No se arrepentía de las decisiones que la habían llevado hasta allí, pero a veces miraba hacia atrás y se sentía desgraciada. Echaba de menos los momentos vividos, pero sobre todo, echaba de menos al amigo con el que siempre contaba.
Sabía que en algún momento que no lograba encontrar en su memoria todo se había roto, y desde aquel mismo instante inexistente nada había vuelto a ser lo mismo. Sin embargo, una parte de ella se alegraba, se sentía liberada.
Esa parte alegre iba ganando cada vez más terreno en su día y día aunque algunos días la vencía la morriña.
Cada persona con la que hablaba, cada sonrisa recibida, cada minuto regalado la llevaban a un nuevo estado, a la expectación del qué pasará mañana, al querer saber en qué desembocará su nueva historia, al querer querer de nuevo y ser amada. Al despertarse y ver su cara.
Seguía haciendo frío alrededor y su mirada, como todo lo demás, seguía empañada. Se sentía culpable por no estar más herida tras el naufragio, por no estar hundida en su propia desgracia. Pero el sol empezaba a brillar fuera de la casa y dentro de su alma.
Todas las palabras bien y malintencionadas se arremolinaban en su cerebro, sabía lo que esperaban de ella, pero sentía que sólo los peces muertos siguen la corriente del río y ella, aunque aún fría, se sentía muy viva.
Limpió el vaho para volver a ver su reflejo y se dedicó a sí misma una gran sonrisa, se miró a los ojos y se dijo: Buenos días.
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