martes, 4 de septiembre de 2012

Inercia


Iba camino del trabajo en otro tedioso y rutinario día. Iba en el coche, escuchando la radio, como siempre, las mismas canciones, las mismas voces, la misma sensación de ser un zombi. Conduciendo por inercia con los movimientos ya aprendidos y la mirada perdida en algún punto de la carretera.  De repente escuché una nueva canción, una que cambiaría mi vida para siempre, no recuerdo el título, ni siquiera la melodía, pero me obligó a detener el coche y respirar agitadamente mirando perpleja el aparato de radio como si pudiera darme alguna explicación de lo que estaba sonando.

Era como si alguien hubiera explorado los laberintos de mi mente y hubiera plasmado mis miedos y deseos más profundos en una simple letra. Era como escuchar la voz de mi yo interior gritándome con fuerza.

Cuando la canción terminó todo pareció quedarse en silencio, la radio seguía encendida, pero era como un susurro de palabras inconexas y sin sentido y en mi cabeza retumbaban las palabras que acababa de oír. Sentía mi corazón latir violentamente, estaba nerviosa, como si todo el mundo hubiera descubierto mis secretos, sin saberlo.

Apreté con fuerza el volante dispuesta a reanudar mi camino al trabajo, pero entonces me dio la risa, una risa histérica y descontrolada. Nadie jamás sabría mi secreto. Era estúpida por pensar que mis pensamientos y mi forma de sentir sería única, por supuesto que miles de cientos piensan y sienten parecido, cada uno con los matices de su propia experiencia, pero al fin y al cabo, tan simples como los míos.

Ahora podría aprender aquella letra y sentirme liberada gritando al cielo, fingiendo que es la canción de otro, la vida de otro. Y sin embargo me sentía triste, como si hubiera perdido una parte importante de mí, y de pronto estuviera vacía.

Solté el volante y empecé a llorar, me sentía estúpidamente bipolar. Salí del coche. Necesitaba desesperadamente respirar aire fresco, pero había mucho humo, necesitaba correr y casi involuntariamente comencé a hacerlo. Oía los cláxones furiosos de los otros coches dirigiéndose a mí, les veía pasar veloces a mi lado, esquivándome. Me daba igual, necesitaba llegar al otro lado, y entonces un chillido neumático y un fuerte golpe. 

Dejé de sentir. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario