Iba camino del trabajo en otro
tedioso y rutinario día. Iba en el coche, escuchando la radio, como siempre,
las mismas canciones, las mismas voces, la misma sensación de ser un zombi. Conduciendo
por inercia con los movimientos ya aprendidos y la mirada perdida en algún
punto de la carretera. De repente
escuché una nueva canción, una que cambiaría mi vida para siempre, no recuerdo
el título, ni siquiera la melodía, pero me obligó a detener el coche y respirar
agitadamente mirando perpleja el aparato de radio como si pudiera darme alguna
explicación de lo que estaba sonando.
Era como si alguien hubiera
explorado los laberintos de mi mente y hubiera plasmado mis miedos y deseos más
profundos en una simple letra. Era como escuchar la voz de mi yo interior
gritándome con fuerza.
Cuando la canción terminó todo pareció
quedarse en silencio, la radio seguía encendida, pero era como un susurro de
palabras inconexas y sin sentido y en mi cabeza retumbaban las palabras que
acababa de oír. Sentía mi corazón latir violentamente, estaba nerviosa, como si
todo el mundo hubiera descubierto mis secretos, sin saberlo.
Apreté con fuerza el volante
dispuesta a reanudar mi camino al trabajo, pero entonces me dio la risa, una
risa histérica y descontrolada. Nadie jamás sabría mi secreto. Era estúpida por
pensar que mis pensamientos y mi forma de sentir sería única, por supuesto que
miles de cientos piensan y sienten parecido, cada uno con los matices de su
propia experiencia, pero al fin y al cabo, tan simples como los míos.
Ahora podría aprender aquella
letra y sentirme liberada gritando al cielo, fingiendo que es la canción de otro, la vida de otro. Y sin embargo me sentía triste,
como si hubiera perdido una parte importante de mí, y de pronto estuviera
vacía.
Solté el volante y empecé a
llorar, me sentía estúpidamente bipolar. Salí del coche. Necesitaba
desesperadamente respirar aire fresco, pero había mucho humo, necesitaba correr
y casi involuntariamente comencé a hacerlo. Oía los cláxones furiosos de los
otros coches dirigiéndose a mí, les veía pasar veloces a mi lado, esquivándome.
Me daba igual, necesitaba llegar al otro lado, y entonces un chillido neumático
y un fuerte golpe.
Dejé de sentir.
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