lunes, 10 de diciembre de 2012

El cuaderno de Ariadna

Una biblioteca llena de papeles. Con ese inconfundible olor a libros viejos y nuevos. Con ese respeto silencioso de los que llegan y no quieren molestar a los cuerpos vacíos de los viajantes, mejor dicho, de los lectores que han abandonado sus cuerpos a su suerte mientras se sumergen en aventuras, misterios, historias y romances. Mientras viven a través de las palabras mundos que jamás podrían conocer si no fuera a través de ellas.

En un rincón hay una joven sentada, inmersa en un libro que a juzgar por su apariencia ya ha sido leído muchas veces, las páginas amarillentas con bordes oscurecidos y doblados y ese aroma a celulosa apolillada llena de secretos. Lleva consigo un cuaderno grueso. Tiene aspecto de estar muy escrito y varias hojas añadidas sobresalen de las cubiertas.

La chica permanece horas en el rincón atrapada por la lectura, sólo mirarla a ella es hipnótico. Cuando las luces de la biblioteca comienzan a apagarse la muchacha se marcha. Olvida su cuaderno sobre el sillón. El bibliotecario, un hombre con aspecto interesante, canoso, pero lo bastante joven como para no haber cumplido los cincuenta lo recoge. Lo observa con indiferencia y lo mete en el cajón de objetos perdidos. Alguien vendría a reclamarlo, si era importante.

El ajado cuaderno pasa semanas olvidado en aquel cajón de momentos perdidos hasta que un día el bibliotecario lo rescata. Va a tirarlo, pero la curiosidad se lo impide. Lo abre y empieza a leerlo.

"Este es el cuaderno de Ariadna. 
Una locura privada que quiero compartir. Una aventura vivida por culpa de mi madre, la leona, que sembró en mí la semilla de las letras. 
Gracias."


La introducción le resulta interesante y decide seguir. De repente se ve a sí mismo como uno de los visitantes de su biblioteca, completamente absorto en la lectura de aquellas páginas garabateadas. Es la historia de alguien real, la historia de muchas vidas continuadas. No es sólo una vida, el bibliotecario pasa la jornada completa enfrascado en las historias del cuaderno, le fascinan. No puede creer que vidas tan simples como las que se relatan puedan estar tan llenas de emoción y fuerza.

Al día siguiente, bebiendo sorbos de café con las ojeras profundamente marcadas tras una noche de lectura infinita, sigue leyendo. Por fin termina. Mira al frente pensativo y sonríe. Rebusca entre los bártulos de su mesa y coge un papel y un boli. Se detiene unos instantes a mirar a su alrededor, los primeros adictos, ávidos de letras nuevas ya han llegado y tomado posiciones, él es el guardián de sus historias. Sonríe para sí, abre el cuaderno frente a él y empieza a escribir.



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