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domingo, 15 de julio de 2012

Toledo

Qué bonito es Toledo.

No se puede decir otra cosa, sería una vil mentira. Eso sí, hay que estar en plena forma, las calles son como un laberinto de sube y bajas interminables, aunque sin duda merece la pena.

Para visitar Toledo y poder ver cosas (museos, iglesias, conventos, mezquitas, sinagogas...) hay que ser rico, la mayoría de los sitios no hacen ningún tipo de descuento en la entrada, y en todas hay que pagar. Lo más doloroso de pagar fue la catedral, es preciosa, pero el precio (11 euros por persona) hace que desmerezca bastante. Sale a cuenta (para las demás iglesias) coger la pulsera del turista, ves seis iglesias y te ahorras 7 euros con respecto a verlas sin pulsera. Eso sí, es un identificador "guiri" clarísimo, una pulsera de papel rojo intenso con los nombres de las iglesias...

Comer, sin embargo, no está nada mal. No es caro y la comida es rica (al menos donde yo comí). Recomiendo especialmente el Restaurante Típico Alex (se llama así) que está cerca de la catedral, junto a las termas romanas. También, como lugar recogido y encantador hay que hacer mención al restaurante de la Mezquita de la Luz, es un restaurante ambientado con motivos árabes, incluido el menú, y el trato es muy agradable, las bolitas de arroz envueltas en hoja de parra... simplemente, hay que probarlas. Los cócteles sanos (son batidos de frutas) sorprenden, empezando por el tamaño, uno se espera un vasito y te traen una jarra helada de medio litro, recién hecho y absolutamente delicioso. Y para tomar algo por el centro del casco, el café club Legendario. Es un restaurante-bar montado dentro de un patio, es un rinconcito encantador con tres zonas diferentes y cualquiera de ellas merece la pena. La del bar como tal, está decorada como si fuera una bodega, con barriles y tinas, el restaurante-cafetería es como un patio andaluz con una iluminación y un mobiliario muy bien combinado, y la zona del club son las cuevas, grandes sillones y sofás blancos y granates con iluminación tenue y paredes de piedra... encantador.

El último día, dedicado al Alcázar, es precioso y enorme, y tiene dentro el museo del ejército, una inmensa colección de uniformes, medallas y armas, que no se ve rápidamente y donde no se pueden hacer fotos, ni con flash ni sin él. Sorprenden los restos de edificios antiguos conservados bajo el actual alcázar, ruinas  romanas, visigodas, mozárabes, antiguos aljibes y la base de un torreón de la dinastía Trastámara. Tras cuatro horas de museo y varios kilómetros caminados, yo desistí, no acabé de verlo, tienen cosas que realmente merece la pena ver, pero es tal la cantidad de cosas, que abruma y satura, a no ser que seas un forofo del material militar.

Las luces del atardecer sobre el Tajo y la torre de la catedral son dignas de ver, y caminar por la noche sobre las silenciosas calles empedradas de la judería, es una experiencia única.

En resumen, recomiendo a cualquiera que lo quiera ver, una escapadita a Toledo, de al menos dos días, para poder verlo "entero" (me refiero al casco viejo), para comprar una espada de acero Toledano réplica de la de Aragorn, del Cid o de los Templarios entre otros, para disfrutar de los mazapanes o degustar los quesos manchegos. Eso sí, si vais y queréis compañía, llevadme, que yo vuelvo!


lunes, 18 de junio de 2012

Pasados por agua

Hartos del tedio de la rutina semanal, mis amigos y yo decidimos huir de la monotonía de la ciudad con una breve escapada a la playa, ya desde por la mañana soñábamos con la brisa marina y las toallas sobre la arena.
Teníamos clarísimo que las tres horas de viaje hasta la playita de Suances merecían la pena. De viaje por Castilla, estábamos aún más convencidos de que nos esperaba un magnífico día de playa, el sol calentaba y el aire no parecía estar por la labor de moverse.
Según nos íbamos acercando al norte, iban apareciendo algunas nubecitas y bancos de niebla, a los que con gran optimismo, no prestamos atención, convencidos de que serían nubecitas aisladas que se dispersarían a medida que nos acercásemos a la playa.
Por fin tras tres horas de debate político-económico (y, estoy segura de que, un poco ilegal) arribamos a nuestro destino desde el sur. Como nos habían advertido las nubes previas, en Suances diluviaba, rápidamente comprobamos el tiempo con estas tecnologías modernas de hoy día (ya que si no fueran de hoy día, no serían modernas) para asegurarnos de que no fuera más que un chubasco débil, pasajero y especialmente aislado. Nuestro gozo en un pozo al ver en la pantalla del Smartphone una lista con las horas del día junto  dibujos de nubes con gotitas.
¿Y ahora qué hacemos? Vestidos con chanclas y look de playa, con ropa fresquita y sin paraguas la opción era clara: Tomar unas rabas y unas cañas en el bar cercano al faro. “¡Al menos que no se diga que hemos venido para nada!” debimos pensar al unísono.
Con el estómago lleno y la piel congelada decidimos que la mejor opción era cambiar de playa y dado que en Cantabria llovía, qué mejor que poner rumbo a la montaña palentina.
A medida que nos alejábamos de la playa, el termómetro del coche iba subiendo y las nubes desapareciendo y quedándose a nuestras espaldas. Hora y media más tarde, con las tripas rugiendo y al grito de “Que ya escampa, que ya escampa” llegamos al pantano de Aguilar de Campóo. Nada más llegar algo bueno: hacía sol.
Instalamos nuestras posaderas en la mesa más alta del merendero, estaba claro que no íbamos a ser menos. Pero el viento pudo más que el orgullo y acabamos trasladándonos a la mesa más escondida, el hogar de las soberbias moscavispas. (Si sabéis lo que es un abejaonejo podéis imaginar a qué me refiero.)
Ignorando el azote del viento decidimos plantar nuestras toallas junto a la orilla del pantano, en una zona rocosa y no muy transitada, e incluso estábamos decididos a bañarnos, decisión que cambiamos inmediatamente después de meter el dedo gordo del pie en la gélida agua.
Tres horas después decidimos que habíamos tenido suficiente y que ya estábamos lo bastante morenos, o al menos lo bastante llenos de arena como para recogernos, total ya no hacía aire, había salido el sol y habíamos descubierto la zona de playa en la que había gente en el agua, y nosotros habíamos venido a tomar el viento.
Lié a mis amigos para ir a ver a otros amigos que viven cerca de Aguilar, por aquello de aprovechar el viaje. Y tras una cálida recepción y un cóctel de bienvenida con ruta turística por la mansión de madera (un lugar encantador con un olor único y una especie de magia que casi te atrapa, aunque lo mejor son los habitantes, tanto humanos como animalillos peludos) decidimos poner rumbo a casa, total teníamos el tiempo justo para una ducha, una cena rápida y a la calle que es sábado y toca marcha.
Después de un atropello sin fuga y una breve pateada (digo pateada porque aunque fue un trayecto corto, yo estaba ya demasiado cansada) llegamos al cumpleaños al que habíamos sido invitados, una fiesta multitudinaria con una música un tanto… extraña. Muchos brincos, caras de vergüenza ajena, risas y guasas y muchas anécdotas y batallitas después por fin decidimos arrastrarnos hasta una terraza tranquila para acabar la noche con un buen cubata.
Definiría el sábado como un día chulesco muy completo, estoy segura de que no todo el mundo se va a Suances a comer rabas y a tomar el sol a la montaña, pasando por dos cumpleaños, sin olvidar la terraza.
Gracias amigos.